Vigécimoprimer Domingo después de Pentecostés - el insolvente deudor

el insolvente deudor
« ¿No debiste, pues, compadecerte tú también de tu consiervo, como yo me compadecí de ti?»

La ley de la caridad y de la misericordia, que nos ecuerda el evangelio es de una exigencia absoluta: «¿No debías haber tenido compasión de tu compañero como la he tenido yo de ti?» El perdón de las ofensas y el amor al prójimo son la réplica necesaria y como la prolongación en nuestra vida del magnánimo perdón que nos otorga Dios.

En Dios encuentra el cristiano la ley de su vida: «Sed buenos porque yo soy bueno. Sed perfectos como lo es el Padre celestial. Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»
Feliz el cristiano al poder vivir iluminado por una revelación que, con una justa concepción de Dios, le da una regla de conducta toda ella arraigada en él. Tratándose de verdad y felicidad, nada hay tan pacificador para el hombre como el conocer la voluntad soberana de Dios, asimilársela y con las armas que ella misma proporciona consagrar toda la vida a la práctica del bien.

Liturgia de la Misa

INTROITO

De tu voluntad, Señor, dependen todas las cosas, y no hay quien pueda resistirla, pues Tú creaste todas las cosas: cielo, tierra y todo cuanto se contiene en el ámbito del cielo; tú eres el Señor de todo. — Salmo: Bienaventurados los que caminan en pureza, los que andan en la ley del Señor. Gloria Patri.

COLECTA

No puede haber vida verdadera sin una constante asistencia de Dios.

Defiende, Señor, a tu familia con una continua misericordia, para que, con tu protección, sea libre de todas las adversidades, y con sus buenas acciones esté consagrada a tu nombre. Por Nuestro Señor Jesucristo...

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Efesios (6, 10-17).
Hermanos: Confortaos en el Señor y en el poder de su virtud. Revestios de la armadura de Dios para que podáis resistir a las asechanzas del diablo. Porque no tenemos que luchar contra la carne y la sangre, sino contra los príncipes y potestades, contra los tenebrosos rectores de este mundo, contra los espíritus del mal en los cielos. Por lo cual, tomad la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y ser perfectos en todo. Tened, pues, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y estad vestidos de la coraza de la justicia, y tened los pies calzados con la preparación del Evangelio de la paz: tomad en todo el escudo de la fe, con el cual podréis extinguir todos los dardos encendidos del malvado: y el yelmo de la salud: y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios.

Reflexión sobre la Epístola

EL DÍA DEL JUICIO. — Los días malos, que ya señalaba el Apóstol el último Domingo, son muchos en la vida de cada hombre y en la historia del mundo. Mas, para cada hombre y para el mundo, hay un día malo entre todos: el del fin y el del juicio, del cual canta la Iglesia que la desgracia y la miseria le convertirán en un día de gran amargura. Los años se han dado al hombre, y los siglos se suceden unos a otros para preparar el último día. Dichosos los combatientes del buen combate y los vencedores de ese día terrible; se los verá entonces de pie sobre las ruinas y perfectos en todo, conforme a la palabra del Doctor de las naciones. No conocerán la segunda muerte; coronados con la diadema de la justicia, reinarán con Dios sobre el trono de su Verbo.

APOYARSE EN CRISTO. — La guerra es fácil con el Hombre-Dios por jefe. Unicamente nos pide por su Apóstol que busquemos nuestra fuerza sólo en El y en la potencia de su virtud. La Iglesia sube del desierto apoyada en su Amado. El alma fiel se siente conmovida al pensar que sus armas son las mismas que tiene el Esposo. No en vano los Profetas nos le pintaron ya de antemano ciñendo antes que nadie el escudo de la fe, tomando el casco de la salud, la coraza de la justicia y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios. El Evangelio nos le presentó en medio de la lid para, con su ejemplo, formar a los suyos en el manejo de estas armas divinas.

EL ARMA DE LA FE. — Armas múltiples por razón de sus múltiples efectos, pero todas, ofensivas o defensivas, se resumen en la fe. Fácilmente ello se echa de ver al leer la Epístola de hoy, además de que eso es lo que nuestro jefe divino quiso enseñarnos cuando, al ser tentado por tres veces en la montaña de la Cuarentena, quiso responder otras tantas con textos de la Escritura. La victoria que triunfa del mundo es la de nuestra fe, dice San Juan; y en el combate de la fe resume el Apóstol, al final de su carrera, sus propias luchas y las de toda vida cristiana.. A pesar de las condiciones nada favorables que señala el Apóstol, es la fe la que asegura el triunfo a los hombres de buena voluntad. Si en la lucha emprendida tuviésemos que juzgar de las esperanzas del éxito de las partes adversas comparando sus fuerzas respectivas, es seguro que las conjeturas nos serían desfavorables. Porque no tenemos que hacer frente a hombres de carne y sangre, sino a enemigos impalpables que llenan el aire y son, por tanto, invisibles, inteligentes y fuertes; que conocen a maravilla los tristes secretos de nuestra pobre naturaleza caída y dirigen todo su valer contra el hombre para engañarle y perderle por el odio que tienen a Dios. En su origen fueron creados para reflejar en la pureza de una naturaleza completamente espiritual el resplandor divino de su autor; ahora, por su orgullo, son y manifiestan ser una monstruosidad de puras inteligencias consagradas al mal y a odiar la luz.

CONVERTIRSE EN LUZ. — Nosotros, que ya por nuestra naturaleza sólo somos tinieblas, ¿cómo, pues, lucharemos con estas potencias espirituales, que ponen toda su ciencia al servicio de la oscuridad? San Juan Crisóstomo lo dice: “Convirtiéndose en luz.” Es cierto que la faz del Padre no puede lucir directamente sobre nosotros antes del gran día de la revelación de los hijos de Dios; pero ya desde ahora tenemos la palabra revelada -, que suple nuestra ceguera. El bautismo abrió el oído en nosotros, pero no abrió todavía los ojos; Dios habla por la Escritura y por su Iglesia, y la fe nos da una certeza tan grande como si ya viésemos.

Con su docilidad de niño, el justo camina en paz por la sencillez del Evangelio. La fe le guarda contra los peligros mejor que el escudo, y mejor que el casco y la coraza; la fe amortigua los dardos de las pasiones e inutiliza los engaños enemigos. Con ella no se necesitan razonamientos sutiles ni largas consideraciones, para descubrir los sofismas del infierno o tomar una decisión en un sentido u otro. ¿No bastará en cualquier circunstancia la palabra de Dios, que nunca se equivoca? Satanás teme al que con ella se contenta; tema más a un hombre así, que a las academias y escuelas de los filósofos. Está acostumbrado a sentirse triturar en todo choque debajo de sus pies. El día del gran combate fué arrojado de los cielos con una sola palabra de San Miguel Arcángel, convertido en estos días en modelo y defensor nuestro.

En el Gradual y Versículo recuerda la Iglesia al Señor, que nunca cesó de ser el refugio de su pueblo; su bondad y su poder precedieron a todos los siglos, porque Dios existe desde la eternidad. Defienda, pues, ahora a los suyos, que se ven obligados en su pequeño número a preparar, como en otro tiempo Israel, el éxodo final de la Iglesia, la cual abandona este mundo nuevamente infiel para ir a la verdadera tierra prometida.

GRADUAL

Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación. ℣. Antes que se hiciesen los montes o se formase la tierra y el orbe: desde siempre y para siempre tú eres Dios.

Aleluya, aleluya. ℣. Al salir de Egipto Israel, salió de un pueblo extranjero la casa de Jacob. Aleluya.

el insolvente deudor

EVANGELIO

Continuación del Santo Evangelio según San Mateo. (18, 23-35).
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso pedir cuentas a sus siervos. Y, habiendo comenzado a pedir cuentas, le fué presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas, como no tuviese con qué pagarlos, su señor mandó venderle a él, y a su mujer, y a sus hijos, y todo cuanto tenía, para que pagase. Postrándose entonces aquel siervo, ie rogó diciendo: Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Y, compadecido el señor de aquel siervo, le soltó, y le perdonó la deuda. Mas, habiendo salido aquel siervo, encontró a uno de sus consiervos, el cual le debía cien denarios: y, apretándole, le ahogaba diciendo: Da lo que debes. Y, postrándose su consiervo, le rogó diciendo: Ten paciencia conmigo, y todo te lo pagaré. Pero él no quiso: sino que se fué, y le metió en la cárcel hasta que pagase la deuda. Y, cuando vieron sus consiervos lo que había hecho, se contristaron mucho: y fueron y contaron a su señor todo lo sucedido. Entonces su señor llamó a aquel siervo, y le dijo: Siervo malo, ¿no te perdoné a ti toda la deuda porque me lo rogaste? ¿No debiste, pues, compadecerte tú también de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? Y, airado su señor, le entregó a los verdugos hasta que pagase toda la deuda. Así hará también mi Padre celestial con vosotros, si no perdonare cada cual a su hermano de todo corazón. Credo

Reflexión sobre el Evangelio

Meditemos la parábola de nuestro Evangelio, que sólo pretende enseñarnos un medio seguro para saldar nuestras cuentas desde ahora con el Rey eterno.

SENTIDO DE LA PARÁBOLA. — En realidad, todos nosotros somos ese servidor negligente e insolvente deudor, que su amo tiene derecho a vender con todo lo que posee y entregarle a los verdugos. La deuda que hemos contraído con su Majestad por nuestras faltas, es de tal naturaleza, que requiere en toda justicia tormentos sin fin y supone un infierno eterno, donde, pagando continuamente el hombre, jamás satisface la deuda. ¡Alabanza, pues, y reconocimiento infinito al divino acreedor! Compadecido por los ruegos del desgraciado que le pide un poco más de tiempo para pagar, el amo va más allá de su petición y al momento le perdona toda la deuda, pero poniéndole con justicia una condición, según lo demuestra lo que sigue. La condición fué la de que obrase con sus compañeros de igual modo que su amo había hecho con él. Tratado tan generosamente por su Rey y Señor, y perdonada gratuitamente una deuda infinita, ¿podría rechazar él, viniendo de un igual, el ruego que a él le salvó y mostrarse despiadado con obligaciones que tuviesen para con él?

“Ciertamente, dice San Agustín, todo hombre tiene por deudor a su hermano; porque ¿qué hombre hay que no haya sido nunca ofendido por nadie? Pero, ¿qué hombre existe también que no sea deudor de Dios, puesto que todos pecaron? El hombre es, pues, a la vez, deudor de Dios y acreedor de su hermano. Por eso, Dios justo te ha dado esta orden: obrar con tu deudor como él hace con el suyo… Todos los días rezamos, y todos los días hacemos subir la misma súplica hasta los oídos divinos, y todos los días también nos prosternamos para decir: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿De qué deudas hablas tú, de todas tus deudas o solamente de una parte de ellas? Dirás: De todas. Luego perdona tú todo a tu deudor, dado que ésa es la regla puesta y la condición aceptada”‘.

PERDONAR PARA SER PERDONADO. — “Es más grande, dice San Juan Crisóstomo, perdonar al prójimo sus agravios para con nosotros que una deuda de dinero; pues, perdonándole sus faltas, imitamos a Dios”. Y ¿qué es, visto bien todo, la injusticia del hombre con otro hombre si se compara con la ofensa del hombre para con Dios? Mas ¡ay!, ésta nos es familiar: el justo lo experimenta siete veces al día; más o menos, pues, llena nuestro diario vivir. Muévanos siquiera a ser misericordiosos con los demás, la seguridad de ser perdonados todas las tardes con la sola condición de retractar nuestras miserias. Es costumbre laudable la de no acostarse si no es para quedarse dormido en los brazos de Dios, como el niño de un día; pero, si sentimos la necesidad santa de no encontrar al fin del día en el corazón del Padre que está en los cielos, más que el olvido de nuestras faltas y un amor infinito, ¿cómo pretender a la vez conservar en nuestro corazón molestos recuerdos o rencores pequeños o grandes, contra nuestros hermanos, que son también hijos suyos? Ni siquiera en el caso de haber sido objeto de violencias injustas, o de injurias tremendas, se podrán comparar nunca sus faltas contra nosotros con nuestros atentados a este bondadosísimo Dios, de quien ya nacimos enemigos y a quien hemos causado la muerte. Imposible encontrar un caso en que no se pueda aplicar la regla del Apóstol: Sed misericordiosos, perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo; sed los imitadores de Dios como sus hijos carísimos” Llamas a Dios Padre tuyo y ¡no olvidas una injuria! “Eso no lo hace un hijo de Dios”, sigue diciendo admirablemente San Juan Crisóstomo; “la obra de un hijo de Dios consiste en perdonar a sus enemigos, rogar por los que le mortifican, dar su sangre por los que le odian. He aquí lo que es digno de un hijo de Dios; hacer hermanos suyos y sus coherederos a los enemigos, a los ingratos, a los ladrones, a los desvergonzados, a los traidores”.

(Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger)