En estos últimos domingos del año litúrgico evoca la Iglesia el «día de Cristo», que será el del fin del mundo, cuando vuelva a juzgar. Nos invita a esperarle con confianza, no apoyándonos en nuestros méritos, pues el hombre ante Dios no es más que miseria, sino asiéndonos a la misericordia divina, y recordando que no cesa el Omnipotente de proseguir hasta su consumación la obra salvífica que ha comenzado en nosotros. Si miras, Señor, nuestros pecados, Señor, ¿quién resistirá? Mas en ti reside la misericordia, ¡oh Dios de Israel! — Salmo: Del fondo del abismo clamo a ti, Señor; Señor, oye mi voz. Gloria Patri. Oh Dios!, refugio y fortaleza nuestra, oye las piadosas plegarias de tu Iglesia, tú, el autor mismo de toda piedad, y haz que consigamos eficazmente lo que con fe pedimos. Por Nuestro Señor Jesucristo... Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Filipenses (1, 6-11). LA ORACIÓN DE SAN PABLO. — Así se explica la indiferencia sublime en que está el alma de San Pablo, indiferencia que es la cumbre de la vida cristiana, y que no se parece nada, claro está, al nirvana fatal en el que pretendieron los falsos místicos del siglo xvn encerrar el amor. A pesar de la altura a que ha llegado en el camino de la perfección, ¡qué ternura prodiga a sus hermanos el convertido de Damasco! Dios es testigo, dice, de la ternura con que os amo a todos en las entrañas de Jesucristo. La aspiración que le llena y absorbe es que Dios, que ha comenzado en ellos la obra buena por excelencia, la obra de la perfección del cristiano que tiene su fin en el Apóstol, la continúe y la termine en todos para el día en que aparezca Cristo en su gloria. Ruega para que la caridad, esta veste nupcial de los benditos del Padre que él ha desposado con el único Esposo, los rodee de resplandor sin igual en el gran día de las bodas eternas. EL LIBERALISMO. — Ahora bien, el medio de que se desarrolle en ellos la caridad de un modo seguro, consiste en que crezca en la inteligencia y en la ciencia de la salvación, es decir, en la fe; la fe, en efecto, es la que pone la base de toda justicia sobrenatural. Una fe menguada, desde luego, sólo puede producir una caridad limitada. ¡Cuánto se engañan, por tanto, los hombres que no se cuidan de que la verdad revelada vaya a la par con el amor! Su cristianismo se reduce a creer lo menos posible, a proclamar lo inoportuno de nuevas definiciones, a reducir constante y científicamente el horizonte sobrenatural por miramientos con el error. La caridad, dicen, es la reina de las virtudes; ella les sugiere hasta el modo de manejar la mentira; reconocer para el error iguales derechos que para la verdad, es para ellos la última palabra de la civilización cristiana, que se funda en el amor. Y pierden de vista que el primer objeto de la caridad es Dios, verdad sustancial, y olvidan también que no se hace acto de amor colocando a igual nivel el objeto amado y a su enemigo mortal. INTEGRIDAD DE LA FE. — No lo entendían así los Apóstoles: para hacer germinar la caridad en el mundo, sembraban en él la verdad. Todo nuevo rayo de luz servía en el alma de sus discípulos para el amor; y estos discípulos, al convertirse ellos también en luz en el santo bautismo en nada ponían tanto empeño como en no hacer pacto con las tinieblas. Renegar de la verdad, en esos tiempos, era el crimen más grande; exponerse por descuido a menguar sus derechos en lo más mínimo, era una suma imprudencia. El cristianismo había encontrado al error dueño del mundo; ante la noche que inmovilizaba en la muerte a la raza humana, el único procedimiento de salvación que conoció fué hacer brillar la luz; ni tuvo más política que la de proclamar el poder de la verdad sola para salvar al hombre y de afirmar sus derechos exclusivos a reinar en el mundo. Este fué el triunfo del Evangelio después de tres siglos de lucha encarnizada y violenta de parte de las tinieblas, que se creían soberanas y que como tales querían continuar; de lucha serena y radiante de parte de los cristianos, cuya sangre derramada hacía crecer el contento, consolidando en el mundo el reino simultáneo del amor y de la verdad. Hoy, por la convivencia de los bautizados, el error vuelve a sus pretendidos derechos y la caridad de muchísimos, por lo mismo, ha disminuido; la noche se extiende otra vez sobre un mundo glacial y agonizante. La línea de conducta de los hijos de la luz sigue siendo la misma que en los días primeros. Sin inquietudes ni temores, contentos de sufrir por Jesucristo, como sus mayores y como los apóstoles, conservan como algo muy querido la palabra de vida pues saben que, mientras en el mundo exista un rayo de esperanza, emanará de la verdad. Canta el Gradual la dulce y fuerte unidad que reina y se conservará en la Iglesia hasta el fin mediante el amor; a su aumento nos exhorta la Epístola, como lo recomendaba cual único medio de salvación para el día del juicio, el Evangelio que antiguamente se leía en este Domingo. (Salmo 132, 1-2) Oh, qué bueno y delicioso vivir los hermanos en unión! ℣. Es como un perfume valioso sobre la cabeza, que se desliza por la barba, la barba de Aarón. Aleluya, aleluya. ℣. Los que teméis al Señor, confiad en él; es vuestro amparo y vuestra defensa. Aleluya. Continuación del Santo Evangelio según San Mateo. (22, 15-21). EL TRIBUTO AL CÉSAR. — Era el último día de las enseñanzas públicas del Hombre Dios, la víspera casi de su salida de este mundo. Sus enemigos, tantas veces desenmascarados en sus astucias, intentaron un esfuerzo supremo. Los Fariseos, que no reconocían el poder del César y su derecho al tributo, se unieron con sus adversarios, los partidarios de Herodes y de Roma, para poner a Jesús la cuestión insidiosa: ¿Está, o no, permitido pagar el tributo al César? Si la respuesta del Salvador era negativa, incurría en la cólera del príncipe; si afirmativa, perdía todo crédito en el ánimo del pueblo. Jesús, con su divina prudencia, desconcertó sus ardides. Los dos partidos, unidos tan extrañamente por la pasión, se negaron a entender el oráculo que podía unirlos en la verdad, y sin duda ninguna, al poco tiempo volvieron a sus querellas. Pero la coalición que contra el Justo se formó, se había roto; el esfuerzo del error, como siempre, se había vuelto contra ella; y la palabra que esa coalición había suscitado pasando de los labios del Esposo a los de la Esposa, no dejaría ya de resonar en este mundo, en el que esa palabra forma la base del derecho social entre las naciones. LA AUTORIDAD VIENE DE DIOS. — Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios, repetían los Apóstoles; y, al proclamar muy alto que hay que obedecer a Dios antes que a los nombres, añadían: “Sométase toda alma a los poderes superiores; pues no hay poder que no derive de Dios, y los que existen, Dios los ha establecido. Por consiguiente, el que resiste al poder, resiste al orden establecido por Dios, y se atrae la condenación. Sed, pues, sumisos, porque es necesario, sumisos no sólo por el sentimiento del temor, sino también por el deber de la conciencia. Por la misma razón pagáis los tributos a los príncipes, porque son los ministros de Dios.” La voluntad de Dios esa es la fuente y la verdadera grandeza de toda autoridad entre los hombres. El hombre, por sí mismo, no tiene derecho a mandar a su semejante. El número no altera en nada esta impotencia de los hombres sobre mi conciencia, ya que, muchos o pocos, por naturaleza soy igual a cada uno de ellos, y añadir los derechos que cada uno tiene sobre mí, es lo mismo que añadir la nada. Pero Dios, al querer que los hombres vivan en sociedad, por lo mismo quiso también que al frente hubiese un poder encargado de reducir las múltiples voluntades a la unidad del fin social. Da también a los acontecimientos que su providencia dirige, y hasta a los hombres en los orígenes de las sociedades, una gran amplitud para determinar la forma en que se debe ejercer el poder civil y su modo de transmisión. Pero, una vez investidos regularmente, los depositarios soberanos del poder sólo dependen de Dios en la esfera de las atribuciones legítimas, porque de él solo les viene el poder y no de sus pueblos, que no se le podrían otorgar porque ellos tampoco le poseen. Mientras cumplan las condiciones del pacto social, o no conviertan en ruina de la sociedad el poder que recibieron para su bien, el derecho que tienen a la obediencia es el mismo de Dios: ya recauden los tributos necesarios a su gobierno, ya restrinjan con las leyes que dan ellos en el comercio ordinario de la vida la libertad que permite el derecho natural, ya también publiquen edictos que lanzan al soldado en defensa de la patria a una muerte segura. En todos estos casos, es el mismo Dios quien manda por ellos y quiere ser obedecido: desde este mundo pone la espada en sus manos para castigo de los rebeldes; El mismo castigará eternamente en el otro a los que no se hayan corregido. LA LEY OBLIGA.— ¡Cuán grande es, pues, esta dignidad de la ley humana, que hace del legislador el vicario mismo de Dios, a la vez que evita al súbdito la humillación de rebajarse ante otro hombre! Mas, para que la ley obligue y sea verdaderamente ley, es natural que ante todo debe conformarse con las prescripciones y prohibiciones del Ser supremo, cuya sola voluntad puede darle su carácter augusto, haciéndola entrar en el dominio de la conciencia. Por esta razón no puede existir en el mundo una ley contra Dios, contra su Ungido o su Iglesia. Desde el momento en que Dios no esté con el hombre que manda, el poder de ese hombre sólo es una fuerza brutal. El príncipe o la asamblea que pretenda reglamentar las costumbres, la vida moral de un país en contra de Dios, merece la oposición y el desprecio de las personas valientes; llamar con el nombre sagrado de ley a esas lucubraciones tiránicas es una profanación indigna de un cristiano y de todo hombre libre. (Misal diario y vesperal, por Dom Gaspar Lefebvre, O.S.B. de la Abadía de S. Andrés, Décima Edición)Vigésimosegundo Domingo después de Pentecostés - El tributo al César

La indignación de Jesús ante los fariseos ha de ser para nosotros una lección. Jamás se ha censurado tan severamente la hipocresía. Siempre odiosa, lo es doblemente cuando con ella tratamos de sustraernos a los deberes para con Dios. Ocurre a veces que una excesiva preocúpación por nuestros deberes para con los hombres deja muy a la sombra lo que debemos al que es nuestro Creador y nuestro soberano Señor. Meditemos bien las palabras de Cristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.»
Liturgia de la Misa
Ante el pensamiento de la grandeza del Señor, pide a Dios la Iglesia que olvide las faltas de los hombres para no atender más que a su misericordia. INTROITO
COLECTA
La Iglesia continúa su obra de evangelización en espera de la «vuelta del Señor». Su alegría, como la de san Pablo, es ver extenderse la vida cristiana por el mundo y su anhelo, sentirla progresar en cada uno de nosotros hasta el día del juicio. EPISTOLA
Hermanos: Tengo la seguridad en nuestro Señor Jesucristo de que quien comenzó en vosotros esta hermosa obra, continuará su perfeccionamiento hasta el día de Jesucristo. Y es justo que yo sienta esto de todos vosotros, porque os llevo en el corazón, ya que compartís la gracia que se me ha dado en mis prisiones y en la defensa y confirmación del Evangelio. Dios me es testigo de que os amo a todos vosotros con Ja ternura misma de Jesucristo. Y esto pido: que vuestra caridad abunde más y más en luz y en inteligencia, para que sepáis discernir lo que es mejor y seáis sinceros e intachables hasta el día de Cristo, llenos de frutos de justicia por Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.Reflexión sobre la Epístola
EL ALMA DE SAN PABLO. — San Pablo, en nombre de la Iglesia, de nuevo nos advierte que se acerca el fin. Pero a este último día, que en el Domingo pasado llamaba día malo, le llama hoy por dos veces, en el corto pasaje de la Epístola a los Filipenses que acabamos de oír, el día de Cristo Jesús. La carta a los Filipenses rebosa confianza y por ella se desborda la alegría: y con todo, nos señala la cruel persecución contra la Iglesia y al enemigo que se vale de la tempestad para excitar las malas pasiones aun dentro del rebaño de Cristo. El Apóstol está encadenado; la envidia y la traición de los falsos hermanos aumenta sus males. Pero la alegría domina en su corazón por encima de los padecimientos porque ha llegado ya a la plenitud del amor, en que el dolor da vida a la divina caridad. Para él Jesucristo es su vida y la muerte una ganancia; entre la muerte, que respondería al más íntimo deseo de su corazón entregándole a Cristo, y la vida que multiplica sus méritos y el fruto de sus obras, no sabe qué escoger. Y, en efecto, ¿qué pueden en él las consideraciones personales? Su actual alegría, su alegría futura, consiste en que Cristo sea conocido y glorificado, y poco le importa de qué manera. No se equivocará en su esperanza, ya que la vida y la muerte terminarán por glorificar a Cristo en su carne.
GRADUAL

EVANGELIO
El cumplimiento de nuestros deberes para con los hombres nada ha de sustraer al soberano dominio de Dios.
En aquel tiempo: Fueron los fariseos y se confabularon para sorprender a Jesús en lo que hablase. Para lo cual le enviaron sus discípulos juntamente con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios según la verdad, y sin consideración a quienquiera que sea, porque no miras a la calidad de las personas. Dinos, pues, ¿qué te parece, es lícito pagar tributo al César, o no? Mas Jesús, conociendo su perversidad, repuso: ¿Por qué me tentáis, hipócritas? Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le ofrecieron un denario. Díjoles entonces Jesús: ¿De quién es esta figura e inscripción? Y al responderle ellos: Del César, dijo entonces Jesús: Dad pues al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios. CredoReflexión sobre el Evangelio
LECCIONES DE PRUDENCIA. — Se diría que la penuria de las verdades ha de ser el peligro más especial de los últimos tiempos, ya que la Iglesia, en estas semanas que tienen por fln hacernos presentes los últimos días del mundo, nos encamina continuamente hacia la prudencia del entendimiento como a la gran virtud que entonces debe resguardar a sus hijos. El Domingo volvía a poner en sus manos como arma defensiva el escudo de la fe, y como arma ofensiva la palabra de Dios; ocho días antes se les recomendaba la circunspección de la inteligencia para conservar, en los días malos, su santidad fundada en la verdad y su riqueza apoyada en la ciencia. Hoy, en la Epístola, se les proponían una vez más la inteligencia y la ciencia, como suficientes por sí mismas para aumentar su amor y perfeccionar la obra de su santificación para el día de Cristo. El Evangelio concluye oportunamente estas lecciones del Apóstol con el relato de un hecho sacado de la historia del Salvador, y las da la autoridad que lleva siempre consigo todo ejemplo que procede de la vida del divino modelo de la Iglesia. Y, en efecto, Jesucristo se nos manifiesta aquí como ejemplo de los suyos en los lazos que las intrigas de los malvados tienden a su buena fe.
(Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger)