Vigésimotercer Domingo después de Pentecostés - La resurrección de la hija de Jairo

La resurrección de la hija de Jairo
Jesús entró, y tomó su mano, y resucitó la niña.


El Tiempo después de Pentecostés es como el símbolo del largo peregrinar de la Iglesia por la tierra; los últimos domingos del año litúrgico, como etapas finales, evocan el fin de los tiempos.

Según nos lo anuncia nuestro mismo Señor, se distinguirá el fin del mundo por los grandes trastornos que tendrán lugar y el recrudecimiento del mal, que agostará la caridad de muchos. La misma Iglesia padecerá grandes pruebas. Al recordar estas perspectivas de desgracias y luchas, procura la liturgia reforzar nuestro sentimiento de confianza. El introito nos asegura que los pensamientos del Señor no son de castigo, sino de paz. La epístola recuerda la invencible esperanza que sostiene a los cristianos en la espera del día en que Cristo venga a transformar «nuestros cuerpos miserables en cuerpos gloriosos». En el evangelio, finalmente, se nos ofrece un doble relato de curación y resurrección.

Sobre la resurrección de la hija de Jairo, véase lo que dijimos en el 15° domingo después de Pentecostés de los demás relatos de resurrecciones en la Escritura.

Liturgia de la Misa


El Abad Ruperto nos acaba de explicar el Introito. Está tomado de Jeremías como la antigua Epístola de este Domingo.

INTROITO

Dice el Señor: Yo pienso pensamientos de paz y no de añicción: me invocaréis, y yo os escucharé: y os haré volver de vuestra cautividad en todos los lugares. — Salmo: Bendijiste, Señor, tu tierra: redimiste la cautividad de Jacob. Gloria Patri.


La petición del perdón se repite de continuo en la boca del pueblo cristiano, porque la fragilidad de la naturaleza hasta tal justo le arrastra continuamente en este mundo. Dios conoce nuestra miseria; su perdón no tiene fin, pero a condición de la humilde confesión de nuestras faltas y de la confianza en su bondad. Tales son los sentimientos que expresa la Iglesia en la Colecta del día.

COLECTA

Suplicárnoste, Señor, perdones los delitos de tus pueblos: para que, por tu benignidad, nos libremos de los lazos de los pecados, que hemos contraído por nuestra fragilidad. Por Nuestro Señor Jesucristo...

EPISTOLA

Lección de la Epístola del Apóstol San Pablo a los Filipenses (3, 17-21; 4, 1-3).
Hermanos: Sed imitadores míos, y contemplad a los que caminan conforme al modelo que tenéis de mí. Porque hay muchos, de quienes os hablé muchas veces (y ahora lo repito llorando), que caminan como enemigos de la cruz de Cristo: cuyo fin será la muerte: cuyo Dios es el vientre: y su gloria será su confusión, porque sólo aman lo terreno. En cambio, nuestra conversación está en los cielos: de donde esperamos al Salvador, a Nuestro Señor Jesucristo, el cual transformará nuestro humilde cuerpo, haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso, por el poder que tiene de someter a sí todas las cosas. Por tanto, hermanos míos carísimos y deseadísimos, gozo mío, y corona mía: permaneced así en el Señor, carísimos. Ruego a Evodia y suplico a Síntique que sientan lo mismo en el Señor. También te ruego a ti, fiel hermano, las ayudes a ellas, pues trabajaron conmigo en el Evangelio, junto con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están en el libro de la vida.

Reflexión sobre la Epístola


EL BUEN EJEMPLO. — La Iglesia es un templo admirable que se levanta a gloria del Altísimo con el concurso de las piedras vivas que han de entrar en sus muros. La construcción de estas murallas sagradas según un plan preconcebido por el Hombre-Dios, es obra de todos. Lo que uno hace por medio de la palabra, otro lo hace con el ejemplo; pero los dos construyen, los dos edifican la ciudad santa; y del mismo modo que en tiempo de los Apóstoles, la edificación por el ejemplo gana a la otra en eficacia si la palabra no se apoya en la autoridad de una vida conforme al Evangelio. Pero, como el edificar a los que le rodean es para el cristiano una obligación que se funda a la vez en la caridad hacia el prójimo y en el celo de la casa de Dios, así tiene que buscar en otro, si no quiere pecar de presumido, la edificación para sí mismo. La lectura de libros buenos, el estudio de la vida de los santos, la observación, según la expresión de nuestra Epístola, la observación respetuosa de los buenos cristianos que viven a su lado, le servirán de mucha ayuda en la obra de la santificación personal y en el cumplimiento de los designios que Dios tiene sobre él.

Esta relación de pensamientos con los elegidos de la tierra y del cielo nos apartará de los malos que rechazan la cruz de Jesucristo y sólo piensan en las satisfacciones vergonzosas de los sentidos. Ella, en verdad, centrará nuestra conversación en los cielos. Y esperando el día, que ya está próximo, de la venida del Señor, “permaneceremos firmes en él, a pesar del mal ejemplo de tantos desgraciados arrastrados por la corriente que lleva al mundo a su perdición. La angustia y los padecimientos de los últimos tiempos sólo conseguirán aumentar en nosotros la santa esperanza; pues despertarán cada vez más en nosotros el deseo del momento solemne en que el Señor se aparecerá para terminar la obra de la salvación de los suyos, revistiendo también nuestra carne del resplandor de su cuerpo divino. Estemos unidos, como lo pide el Apóstol, y en lo demás: Regocijaos siempre en el Señor, escribe a sus queridos Filipenses; “otra vez os lo digo, regocijaos: el Señor está cerca”‘.

GRADUAL

Nos libraste, Señor, de los que nos afligían: y confundiste a los que nos odiaron. ℣. Nos gloriaremos en Dios todo el día, y alabaremos tu nombre por los siglos.

Aleluya, aleluya. ℣. Desde lo profundo clamo a ti, Señor: Señor, escucha mi oración. Aleluya.

La resurrección de la hija de Jairo

EVANGELIO


El cumplimiento de nuestros deberes para con los hombres nada ha de sustraer al soberano dominio de Dios.

Continuación del Santo Evangelio según San Mateo. (9, 18-26).
En aquel tiempo, hablando Jesús a las turbas, he aquí que se acercó un príncipe, y le adoró, diciendo: Señor, mi hija acaba de morir: pero ven, pon sobre ella tu mano, y vivirá. Y, levantándose Jesús, le siguió, y también sus discípulos. Y he aquí que una mujer, que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se acercó por detrás, y tocó la orla de su vestido. Porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su vestidura, sanaré. Pero Jesús, volviéndose, y viéndola, dijo: Confía, hija, tu fe te ha salvado. Y sanó la mujer desde aquel instante. Y, habiendo llegado Jesús a la casa del príncipe, cuando vió a los flautistas, y a la multitud agrupada, dijo: Apartaos: porque la niña no esta muerta, sino que duerme. Y se burlaron de El. Y, arrojada la muchedumbre, entró, y tomó su mano. Y resucitó la niña. Y se divulgó la nueva por toda aquella región. Credo

Reflexión sobre el Evangelio


Aunque la elección de este Evangelio para hoy no remonta en todas partes a gran antigüedad, cuadra bien con la economía general de la santa Liturgia y confirma lo que dijimos del carácter de esta parte del año. San Jerónimo nos enseña, en la Homilía del día, que la hemorroísa que curó el Salvador figuró a la gentilidad, y que la nación judía está representada en la hija del príncipe de la sinagoga. Esta no debia volver a la vida hasta el restablecimiento de la primera; y tal es precisamente el misterio que celebramos estos días, en que la totalidad de las naciones reconocen al médico celestial, y la ceguera que padeció Israel cesa también al fln.

LOS CAMINOS DE DIOS. — Qué misteriosos y a la vez qué suaves y fuertes se nos presentan los designios de la Sabiduría Eterna, desde esta altura en que nos hallamos, desde este punto en que el mundo, llegado al término de su destino, parece que sólo va a zozobrar un instante para desprenderse de los impíos y desplegarse de nuevo transformado en luz y amor. El pecado, desde un principio, rompió la armonía del mundo arrojando al hombre fuera de su camino. Una sola nación había atraído sobre sí la misericordia, mas, al aparecer sobre ella como sobre una privilegiada la luz, se advirtió mejor la oscuridad de la noche en que el género humano se hallaba. Las naciones, abandonadas a su agotadora miseria, veían que las atenciones divinas eran para Israel, a la vez que sentían sobre sí cada vez más gravoso el olvido. Al cumplirse los tiempos en que el pecado original iba a ser reparado, pareció que también entonces se iba a consumar la reprobación de los gentiles; pues se vió a la salvación, bajada del cielo en la persona del Hombre-Dios, dirigirse exclusivamente hacia los Judíos y las ovejas perdidas de la casa de Israel.

LA SALVACIÓN DE LOS GENTILES. — Con todo, la raza generosamente afortunada, cuyos padres y príncipes primeros con tanto ardor habían solicitado la llegada del Mesías, no se encontraba ya a la altura en que la habían colocado los patriarcas y santos profetas. Su religión tan bella, fundada en el deseo y la esperanza, ya no era más que una expectación estéril que la incapacitaba para dar un paso adelante en busca del Salvador; su ley muy incomprendida, después de tenerla inmovilizada, terminaba por asfixiarla con las ataduras de un formalismo sectario. Ahora bien, mientras ella, a pesar de su culpable indolencia, se figuraba en su orgullo celoso conservar la herencia exclusiva de los favores de lo alto, la gentilidad, cuyo mal siempre en aumento la inducía a buscar un libertador, la gentilidad, digo, reconoció en Jesús al Salvador del mundo, y la confianza con que se adelantó la valió ser curada la primera. El desprecio aparente del Señor sólo sirvió para fortalecerla en la humildad, cuyo poder penetra los cielos

LA SALVACIÓN DE LOS JUDÍOS. — Israel tenía también que esperar. Como lo cantaba en el Salmo: Etiopía se había adelantado a tender sus manos la primera hacía Dios En los padecimientos de un abandono prolongado, tuvo Israel que volver a encontrar la humildad, gracias a la cual merecieron sus padres las promesas divinas y podía él mismo merecer su cumplimiento. Pero hoy, la palabra de salvación ha resonado por todas las naciones, salvando a cuantos debían serlo. Jesús, retrasado en su camino, llega al fln a la casa a la que se dirigen sus pasos, a esta casa de Judá, donde perdura aún la apatía de la hija de Sión. Su omnipotencia misericordiosa aparta de la pobre abandonada a aquella turba confusa de los falsos doctores y a los profetas de la mentira que la tenían adormecida con los acentos de sus palabras vanas; arroja lejos de ella para siempre a esos insultadores de Cristo que pretendían retenerla muerta. Tomando la mano de la enferma, la devuelve a la vida con todo el esplendor de su primera juventud; así prueba de modo bien claro que su muerte aparente sólo era un sueño, y que la sucesión de los siglos no podía prevalecer contra la palabra dada por Dios a Abraham, su servidor.

(Misal diario y vesperal, por Dom Gaspar Lefebvre, O.S.B. de la Abadía de S. Andrés, Décima Edición)
(Año Litúrgico – Dom Prospero Gueranger)